jueves, 8 de noviembre de 2007

Virulenta Sapiencia

Música para olvidar, para sufrir, para matarse de sueño. Así te escucho en mi mente: como música, como llaves tintineando en un llavero, como aleteos de palomas.
Otras veces no te escucho, te pierdes en la lejanía auditiva, y oigo sonidos paralelos.
Hoy aprendí que los sonidos son también aromas, son colores y recuerdo.
Las canciones nos recuerdan momentos, nos inspiran sensaciones, nos recrean nuestra niñez.
La música me remedia el malestar.
Mientras las metálicas cuerdas rebanan mis yemas, las notas brotan como nacimientos inexorables y se expanden en el aire. Formo música de mi sufrimiento, hago musicales mis alegrías.
Si, el arte clásico es mi epifanía. Mi epifanía es mecánica, incomprensible y torcida, pero subestimada por la monotonía.
La melodía es epifanía redundante. Las escalas musicales son joyas milenarias. Las canciones son mujeres borrachas. Los grillos son música inexplicable.




Grandilocuente es el oído. Omnipotente es la matématica de los acordes.