Le he rezado a todos los santos, a dioses extraños en los que ni siquiera creo. En el fondo me duele tanto pensar que no hay nada que nos ayude, que nos cumpla milagros, que nos oiga cuando suplicamos. Ahora me duele, me quema las entrañas. Porque si tal vez existiera alguien que cumpliera lo imposible, me ayudaría, y ayudaría a mi papá a mejorarse. Le aliviría los dolores, lo sanaría de esos síntomas horribles y extraños que padece y, a la vez, sanaría mi alma y mi mente, que no deja de pensar en lo peor.
Después de todo mi papá no es inmortal, como yo creía. Ahora me doy cuenta...
Desearía que existiera Dios, a ese que todos le hablan, en el que todos confían. Lástima que para mí no exista, porque ahora estoy sola y nadie puede sacar a mi padre del hospital, ni quitarle el suero, ni impedir que se consuma en su enfermedad y en sus años, que no son tantos, pero aún así le pesan.
Como es de desgarrador estar tan lejos de él, es indescriptible, es indeseable.
Tal vez si Dios estuviera...
A veces no entiendo por qué la vida me aporrea tanto, me sacude con tanta violencia... ¿me lo merezco realmente?. Quizás si me lo merezco, quizás esto no es nada con lo que vendrá, pero él no tiene la culpa de mis errores, y es injusto pagar por ellos a través del sufrimiento de un ser querido, de un ser sin el cual mi vida no tendría ni un puto sentido. Él sabe que todos mis sacrificios son para enorgullecerlo, que toda mi moral, mis ideales, mi integridad no existirían si no fuera por él.
Mejórate papá. Levántate de esa cama y vuelve a ser el de antes. Llévame a pescar contigo en la mañana bien temprano, "abrígate harto" me decías siempre, "porque en la playa hace frío a esta hora". Reguemos la huerta, plantemos nuevos almácigos, cortemos los zapallos italianos, los tomates y los ajíes verdes en la tarde cuando haga menos calor.
Si Dios existiera... no tendría idea de lo que se siente tener un padre que daría la vida por él, es como no tener nada, es como no conocer el amor.
