
Entré a tu pieza y tu estabas ahí tratando en vano de armar un rompecabezas, cigarrillo en la mano, "la ceniza se te está acumulando y se te va a caer" pensé yo, pero no te dije nada. No te dije nada porque tenías una cara de emputecido que me hizo temer por mi vida. Te juro que si me hubieses recibido de buena cara te habría agarrado a mordiscos de inmediato, evidentemente era mucho pedir para un ahuevonado como tú.
Como no me quedó otra opción, tuve que entrar. Haciéndome la huevona entré y me senté al lado tuyo con esa cara de "no se qué" que ponemos las mujeres cuando estamos confundidas. "¿Y vo' no me saludai?". Nada, puto silencio, nada más. "Estás cagado de la cabeza y borracho pa' variar. Tus actitudes me hacen odiarte."
Puto, putísimo silencio. ¡Que ira mas incontenible siento cuando me ignoran!. Te hubieras visto, dabas lástima. Tomabas con esfuerzo las piezas desparramadas tratando de encajarlas a la fuerza y sabiendo que no se correspondían; tal como trataste de encajarme a ti, sabiendo que no te correspondía. Bruto, tonto, atontonado, odioso, indeseable maricón. Claro, que fácil es para el hombre emborracharse, ser infiel, participar en carreras ilegales de autos, consumir drogas a diestra y siniestra, todo esto sin consecuencias sociales a largo plazo. La mujer en cambio sería una puta, una perdida, una asquerosa perra con tan sólo imaginar hacer esas cosas. Así es este jodido mundo de animales.
Entonces me carcomió el rencor y te miraba sin parar, pero tu no reaccionabas. "¿Tomémonos una anfeta?" me preguntaste y yo me asusté, fuiste una estatua por largos minutos y de un segundo a otro te habías descongelado. Tomémonos una anfeta... irreverente e infantil, morboso, repugnante animalito. Tan ligero me lo propusiste. Claro, droguémonos y todo lo siniestro que ha ocurrido entre nosotros será olvidado. "¡Ni cagando maricón!" te ladré furiosa, "¿Acaso crees que con eso me harás pasar por alto las pendejadas que has cometido?". Entonces parece que te di miedo, porque te pusiste como un niño y tu mirada me imploró soluciones que no existían.
Te odié, te escupí, te ladré otras cuantas cosas, de una patada destruí tu lastimoso rompecabezas y salí dando el portazo mas lleno de resentimiento que he dado en toda mi vida.
Nunca supe que mientras me retiraba indignada por ese pasillo blanco, tu intentabas ahorcarte con una corbata de segunda mano que nunca usaste, porque nunca fuiste amigo de las corbatas, ni de los paraguas.
Siempre pensé que morirías de sobre dosis algún día, pero erré.
Si me hubiese tomado esa anfetamina contigo... tal vez nunca...
Tal vez ahora estaría sintiendo el aroma vainilla que solía tener tu camisa. Podría estar retractándome, reconciliándome, ayudándote a mejorar.
Si, cometiste atrocidades, pero no premeditadamente y eso hizo la gran diferencia entre tú y yo.


.jpg)
