lunes, 28 de enero de 2008

Omnibus Violeta

Así fue, como te lo he contado tantas veces...
El omnibus roncaba y corría, ronrroneaba al frenar. Yo me sujetaba como podía, tenía tan mareado el cerebro que no me concentraba en contar las personas que caminando pasaban veloces por mi ventana. Si, personas. Personas comunes, poco elocuentes, como tú o como yo. Marchaban lenta y patéticamente. El taco era apabullante, yo no quería mirar. En mi interior sabía que la causa era un funeral, y que esos individuos eran sufrientes recordando. Ahí fue cuando vomité en mi asiento. Si... vomité... no me mires con esa cara de asco que odio... ¿qué querías que hiciera al respecto?. De pronto se puso a llover. Las demás personas que habitaban el omnibus no notaban mi malestar insano. Nadie me ayudó. Me escudriñaban con disgusto, con repudio inexplicable. El vientre me ardía por dentro como mil sanguijuelas bebiendo mi sangre. Me acomodaba y me movía eternamente sin encontrar descanso. Me quejaba en voz inaudible, muerta de miedo por lo que presentía. Fue entonces, y no antes cuando me desangré completa. Sentí un carrusel en mi interior, un carrusel de fuego. Y la sangre corrió desesperada por el suelo, como buscando algo a que aferrarse. Yo grité con dolor, con toda mi alma quebrada. Y nadie me atendía, nadie, nadie. La hemorragia no se detenía ni un instante. En cierto momento sentí que ya nada latía dentro de mi como antes lo hacía. Se había muerto mi hijo. Se desgarró absoluto de mis entrañas. Yo no pensaba, no comprendía. Me comencé a amoratar, a hinchar como un ahogado. Mis manos tenían tonos azules y violetas. Todo era violeta. Todo era rojo y violeta. Sangre e hinchazón reberberante. Y el funeral seguía pasando por la ventanita sucia. Lento, lento, cada vez mas lento hasta desaparecer difusamente.
Luego no recuerdo mas. Sólo que desperté a tu lado, y que sentí tus labios en mi frente. Un beso fortuito y blando. Un recuerdo después de tantos olvidos.

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