martes, 27 de octubre de 2009

Los pacientes

El que acude con frecuencia a mi visita, no es el enfermo, no señor; es el apesumbrado. Es el dolido corazón de Jesús reencarnado, es sangre, son ojos que se abren y se cierran, son miradas de fuego.
El que se retira de mi visita, no pide boleta, no; pide una manzana podrida, un bufón descalzo en la lluvia, una razón para sonreír. Es un paciente extraño, de miel y espinas, un conformista en su guarida paria.
La sala de espera no es blanca y de sedosa estructura, no señor; es cruda, es de nácar quebrado, polvoriento, es de pálpitos subterráneos y anhelantes, es adormilada presunción de gotas negras.
Cuando miro al suelo, pienso y veo. Cuando le miro no existo. El paciente me relega su impío aquejo, yo lo tomo, lo observo, lo huelo con profundidad cavernosa, lo lamo con calma de madre felina, le dicto la mirada decisiva y le escupo un diagnóstico errado. Le escupo.
Los pacientes hacen fila inverosímil, infinitésima, absurda, por Dios que ilógica, que renuente, que insípida, que frialdad de fila se posa en el edificio azul.
Aquí no tenemos ambulancias primitivas, chillonas, grandilocuentes, no; tenemos mariposas de oro, carros de caramelo fucsia, que se desplazan en la ciudad, se arrastran, se deshacen lentamente a la distancia, como fotografías en la charca ocre.
La estructura patrimonial es un parto ambiguo de creación sinsentido, es cuadrada y redonda, blanca y negra, sucia y limpia, ángel y malvado. Creación sin uso médico, sin uso alguno. A veces la estructura se hunde, desaparece en los vahos de la inconciencia, se sumerge cual pez colorido de arrollo, y vuelve a emerger de la tierra, con olor a humedad y dejo catatónico.
Mi oficina es cómodamente amplia y absurda. Las paredes son de colores sin color. Tiene muebles que susurran a mis espaldas y cuadros que se aguijonean con miradas infecciosas cuando no los miro. Me siento atacado por mi oficina. Me siento asfixiado por los pacientes. Me siento abandonado por la vida móvil y creciente que creí vivir. No me siento, no me percato de mi mismo, porque nadie se percata. Cuando un paciente se evapora en mis brazos, yo evaporo mi ira, mi inconformidad, mi nihilismo en copos de nieve falsa.
Supongo que ese es mi oficio, mi faena-oficio, el matadero de almas, la máquina de moler carne humana, la desfachatez del carnicero, la frialdad de las miradas, de los tactos-pactos, la apática y desnutrida fe del hombre.

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