domingo, 18 de mayo de 2008

Surco

Ese día observé un surco en el cielo anaranjado. Lo vi caer y caer con gracia y lentitud a través de las nubes rojas como manchas de sangre. Ese día sentí un vacío que me doblegó.
Bajando y bajando iba, el surco maldito. Cerré los ojos ese día, cerré portones definitivos.
Tan lento, tan aterciopelado, tan frondoso, tan adormecedor. Al final del paisaje habían montañas de desilución, rodeadas árboles gritando espásmodicamente. Yo estaba sentada, tranquila como nunca. Observaba el final del surco. Llegando a su destino estaba al fin.
Antes de llegar a la tierra se desintegró en miles de puntos brillantes de oro. Yo lloré de rabia. Se desintegró y con él, desapareció mi esperanza.
Ese día aprendí que el final de las cosas es dorado.
Supe que morir es regocijo.
Comprendí que los lugares y los sonidos se difuminan en las mentes incompletas, por no querer recordar, por no saber entender, por no tener idea.
Si mi lágrima hubiese sido de metal, habría perforado como una bala las entrañas de la tierra.
Si yo ese día no hubiese mirando el cielo, no sería nada.

2 comentarios:

d dijo...

Hay lágrimas así, que perforan incluso hasta corazones de hierro. Hacía tiempos viajeros que no recordaba un crepúsculo como ese que me has mostrado. Saldré a cazar uno yo también. Gracias por inspirarme. Saludos.

d.

Poetastra dijo...

Cata la cagay!!!!


weona soy tu fans.. Te lo juro